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La irrelevancia de los hechos

Vivimos una época caracterizada por la desconfianza radical que tenemos en los hechos mismos. Esta desconfianza de la realidad es la culminación de un proceso que comienza con el vaciamiento de la persona:

  1. Empezamos cediendo la inteligencia y la voluntad a figuras, instituciones, artefactos que están fuera de nuestro control; dejamos de hacernos cargo de nuestra inteligencia y nuestra voluntad y la cedemos para su gestión como si de un fondo de inversión o un inmueble se tratara.
  2. Hemos renunciado a nuestra intimidad, a este espacio/instancia que nos constituye como seres originales y singulares, al tiempo que nos responsabiliza, como individuos particulares, de nuestras acciones. La renuncia a la intimidad nos expone a cualquier circunstancia o cambio que se de a nuestro alrededor.
  3. En este proceso continuo de cesión y renuncia, hemos dejado que ese vacío lo ocupe el miedo, la inseguridad, la incertidumbre, el desasosiego y la desconfianza. Y hay motivos más que sobrados para que esto se produzca: pandemia, crisis económica, ausencia de liderazgo, falta de respuesta de las instituciones sociales a los problemas que surgen continuamente, dificultades en pensar mínimamente el futuro etc etc

Esta desconfianza que empieza en nosotros mismos (de ahí este proceso de cesión y renuncia a la voluntad, inteligencia, intimidad), continúa con la desconfianza en las instituciones (políticas, religiosas, educativas, económicas…) para, finalmente, poner en duda la propia realidad, los hechos, los datos.

Sin entrar en grandes profundidades, me refiero a la realidad como aquello que existe en el mundo real; si se quiere sustituir realidad por hechos, entiendo estos últimos como aquello que realmente ha pasado. Se podría argumentar que la causa de esta desconfianza que tenemos sobre la realidad obedece al confusionismo del propio concepto de realidad: así se habla de realidad objetiva, realidad virtual, realidad aumentada, realidad distorsionada, realidad coloreada; no me parece que radique aquí el verdadero problema de la desconfianza en los hechos, pese a la proliferación de realidades distintas.

Noam Chomsky achaca esta desconfianza a factores psicológicos y sociológicos: el ciudadano de hoy se siente abandonado, desilusionado, temeroso; es como si los hechos mismos le recordaran esta condición de abandono y desilusión de la que trata de huir; de ahí que desconfíe de la propia realidad.

Es difícil entender cómo el individuo moderno desconfía de lo que se le presenta ante sus ojos: datos, estadísticas, declaraciones, logros, muertes, magnitudes, colores, palabras, promesas…hechos.

A parte de los fenómenos analizados, que resumo en el vaciamiento de la persona por cesión a otros de sus facultades, añado otro mecanismo que se está dando en nuestra época y que profundizaría en esta desconfianza radical en los hechos: la intermediación. Cada vez se interponen más intermediarios, mediadores, o como queramos llamarlo entre el individuo y la realidad; esto hace más difícil el acceso directo a la realidad; hemos perdido el contacto, la espontaneidad, la instantaneidad, la vivencia de la realidad en tiempo real y la posponemos.

Esta distancia, esta puesta entre paréntesis de la realidad, al posponerla, da cabida a la suspicacia, al recelo, a la desconfianza que con la cercanía y el contacto no se da.

Hoy todo pasa por la intermediación: existe un filtro entre lo que deseamos y las soluciones posibles a nuestro deseo, que impiden la consumación del deseo de forma directa; y esto se da en todos los órdenes de la vida: alimentación, viajes, ocio, servicios, información, economía etc etc. Los portales de internet, los delivery de turno, las app, los trivago y booking, los medios de comunicación, los influencer son los filtros, las barreras que nos impiden el acceso directo a la realidad; crean un mundo imaginario que compramos como el real.

¿Por qué depositamos en todos ellos nuestra confianza, por qué esperamos su recomendación y consejo? Porque cada día estamos más vacíos e inseguros   y necesitamos de su palabra y su interpretación de los hechos para suplir nuestra capacidad de comprensión delegada. Hemos depositado en ellos la potestad de intermediación al creerles los auténticios referentes y “oráculo” del siglo XXI

El vacío y la fragilidad psicológica e intelectual al que hemos llegado requieren  que nos interpreten la realidad para su comprensión. La interpretación es el mecanismo mediante el que se asigna un sentido, se desvela lo que se esconde detrás de los datos, los discursos, los hechos, los acontecimientos sociales. Tomada en este sentido, la interpretación es necesaria y positiva para la aprehension de la realidad social: nos ayuda a entender lo que a simple vista no llegamos a ver por nosotros mismos.

Lo que ocurre es que hoy todo es interpretación (en este sentido es un instrumento de manipulación, dominación y tergiversación de la realidad). Al ser todo interpretación, la realidad, los hechos, lo que se nos presenta frente a nosotros nos provoca desconfianza en espera de que alguien nos lo interprete. La desconfianza, la duda, la postergación de la aceptación de la realidad, y la negación misma de la realidad se desprenden de la contemplación misma de la realidad cruda, sin este componente de interpretación. Nos estamos acostumbrando a postergar la aceptación de la realidad, hasta no escuchar el juicio del “oráculo moderno”. Da igual que hayamos visto un partido de futbol, los resultados de unas elecciones generales, el número de contagiados por la pandemia: no tenemos criterio, no opinamos porque el oráculo no ha hablado; claro, damos por hecho que no somos capaces de apreciar la belleza de un cuadro, el drama de una pandemia o la debacle de unas elecciones; esperamos la interpretación de los expertos, periodista, politólogos o influencers de turno.

Desgraciadamente hoy la opinión (por esta dependencia de la interpretación) cuenta más que los hechos; hoy la opinión es capaz de cambiar los hechos, por eso es tan fácil manipular y cambiar la realidad cambiando la opinión; consecuentemente por esto se da una proliferación de la mentira, las fake news – y la falta de pudor -como modernas estrategias de cambio de la dinámica social.

La interpretación es un recurso necesario y conveniente en determinadas ocasiones, y en estas ocasiones es de gran ayuda y utilidad. Pero cuando se da por sentado que hasta lo obvio se tiene que interpretar, en esta interpretación que se hace de lo obvio se consigue complicar, retorcer y desnaturalizar los hechos, lo datos, o la realidad.

¿Por qué dependemos tanto de la interpretación que otros hagan de los datos, del material crudo, de los acontecimientos sociales? El hombre de hoy es débil, frágil psicológicamente. Los hechos no son fácilmente soportables, de ahí el recelo y la desconfianza que mostramos ante ellos. Necesitamos de intermediarios que dulcifiquen, embellezcan y nos hagan amable la realidad. Desgraciadamente en este proceso toleramos ser manipulados y que se tergiverse la realidad.

 

Mauro González Hernando

Socio-Fundador Punto de Fuga 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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