Todos queremos ser vistos. Sentir que generamos algo en el resto que nos hará ser recordados de una manera o de otra. Dejar huella. Hacer ruido. Al mismo tiempo, todos queremos pasar desapercibidos. Buscamos la calma y el vivir libres de conflictos. Evitar miradas que juzgan y palabras que hieren. Es ahí, donde sin previo aviso nace la dicotomía entre el impulso de destacar y el anhelo de pertenecer. Ser protagonistas o una pieza más del reparto.
¿Escarlata O’hara o Melanie Hamilton? ¿Holmes o Watson? ¿Frodo o Sam? A medida que crecemos priorizamos la manera en la que nos exponemos al mundo y decidimos el papel que queremos interpretar. Unos días deseamos avanzar a primera línea, vivir experiencias que nos hagan sentir en el centro del escenario y dejarnos ver, mientras que otros nos conformamos con seguir perdiendo el metro por la mañana, terminar a última hora el disfraz de los niños para la función del colegio y esperar que el día se desenvuelva de la misma forma que el anterior. En el fondo, sin llamar mucho la atención.
Aun así, pervive en nosotros el impulso de poder decir: esta es mi historia y yo soy su centro. Este deseo no siempre se manifiesta de manera consciente, sino que a veces necesitamos un pequeño empujón. Un estímulo, un olor, una canción… un símbolo que conecte con ese protagonista que todos llevamos dentro y que no siempre dejamos salir. Y es que, aunque las redes sociales nos permitan crear ciertos espacios controlado y altares al “yo”, precisamos de vivencias que superen lo digital.
Las marcas son conscientes de que incluso la cotidianidad debe vestirse de gala y por ello traen consigo la promesa de momentos que sepan elevarnos y sentirnos especiales. Ejemplo reciente de ello es la colaboración de Dove + Bridgerton y su “Royal Treatment”[1], una nueva gama de productos para la piel que, según la propia marca, “todo rey y reina merece”. Este partnership demuestra como el protagonismo que podemos llegar a sentir no siempre depende del grado de atención que recibimos de los demás, sino que nace de nosotros mismos. Somos lo que decidimos ser y nuestra elección es igual de válida hayamos apostado por el rol del caballero o -por el contrario- del escudero. Lo importante es que, aun siendo conscientes de que representamos un pequeño papel en el mundo, podem0s encontrar a través de las marcas refugios de fantasía que nos renuevan. Gracias a ellas, saltamos de las sombras a las luces. De lo ordinario a lo extraordinario
Netflix y la transformación del centro de Madrid en el Upside Down World[2], PlayStation y su narrativa transmedia que hizo “aterrizar” una nave en plena Puerta del Sol[3] o Pantene y su Hot Hair Studio[4] son ejemplos de cómo las marcas se acercan a nosotros y nos permiten ser parte de experiencias que rompen con la rutina y nos acompañan en nuestro “desarrollo de personaje”.
En definitiva, nos ofrecen un pellizco de magia con el que poder ponernos los zapatos de cristal y disfrutar del baile sin tener que renunciar a la realidad que nos mantiene humildes y a la comodidad de estar en un segundo plano.
Disfrutemos de su hechizo por los menos hasta la medianoche.
[1] https://www.dove.com/us/en/campaigns/products/dove-and-bridgerton.html
[2] https://www.marketingdirecto.com/creacion/campanas-de-marketing/netflix-transforma-madrid-upside-down-celebrar-ultima-temporada-stranger-things
[3] https://www.marketingdirecto.com/anunciantes-general/todo-esconde-nueva-campana-playstation-estacion-sol-madrid
[4] https://www.vogue.mx/articulo/experiencia-hot-hair-studio-de-pantene-linea-keratina-repara-y-protege
Nacho Ramiro
Research Manager





